Ayer tuve un día como el que hace mucho no tenía, salí a comer con Alfredo, tranquilidad, nadie a quien avisarle, caminata por la condechi y mucha plática. Y después de muchas preguntas, él llegó a una conclusión: la persona que ama a otra persona, sólo quiere estar junto a esa persona. Así, dijo, es como el pastel de chocolate. Sí adoras el pastel de chocolate, no tienes ningún problema al elegir entre uno de fresa y uno de cajeta. Sí amas al pastel de chocolate, nunca dejas de comerlo. Podría darse el caso, en que lo acabas de probar, y te enamoras de él... y lo pides unas diez veces, pero después, ya te hartó, y lo cambias. Nunca das el paso siguiente. Pero si en verdad llegas a amarlo, lo quieres siempre.
Sí al comer pastel de chocolate, piensas que te puede hacer daño o te puede engordar, no lo amas, porque podrías hacer ejercicio y comer bien con tal de poder comerlo las veces que se te antoje. Y cuando ya le empiezas a poner peros a tu pastel de chocolate. Déjalo. Se te acabó el amor.
Lo peor, es cuando, en una relación, tu eres el pastel de chocolate. Y la otra persona va decidiendo sí te quiere o te ama, porque tú, como pastel de chocolate, pues estás dispuesto a darle satisfacción siempre. Pero la otra persona decide que te ama, pero que no te puede comer... Cuando la otra persona ha puesto un millón de peros, para no comer pastel.
Es absurdo pensar, siendo pastel, que si te aman cuando no te comen. Y seguir ahí cuando te han dicho y demostrado, que nunca van a elegirte a ti, sobre otros pasteles.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada